En Lucas 4, Jesús establece su ministerio en Capernaúm y demuestra inmediatamente su autoridad en un dramático encuentro con un hombre poseído por un demonio. Aunque muchos aún cuestionaban quién era Jesús, los demonios lo reconocieron al instante como el Santo de Dios. Este pasaje revela una poderosa verdad: por muy intensa que sea la guerra espiritual, la autoridad de Jesucristo es mayor que toda fuerza de las tinieblas.
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